Renovar el Espíritu de la Nación
República Dominicana atraviesa un proceso ambicioso y retador: pasar de ser una economía de ingreso medio-alto a una economía de vanguardia.
No solo quiere ser rica. Quiere que su riqueza y su bienestar sean generalizados a toda su población.
En este contexto, la educación integral de todas sus personas se vuelve el arma y el alma para poder lograr la meta.
Estamos hablando de renovar el Espíritu de la Nación.
Sin embargo, vivimos en una sociedad llena de conflicto. Algunos dirían que es una sociedad hasta enferma. La culpa pasa de los empresarios a los políticos, y después a los padres de familia. Cada uno se victimiza, se anula y reprime al otro. A su conveniencia, todos son víctima, villano o salvación. Estamos capturados en el triángulo del drama.

En el caso de la educación, vemos al MINERD contra la ADP, contra el sector empresarial. Yo, que vengo del sector empresarial, fui criado para ponerme de un lado o del otro.
Nuestra única salida es pasar a todos del triángulo del drama al triángulo del creador.
Arriba, los papeles cambian. El Creador reclama su poder personal y actúa. El Coach reúne las dos fuerzas que hacen crecer: apoyo y desafío; escucha y sostiene, pero también pregunta, pone la vara y provoca acción — nunca rescata. Y el Amigo es a quien puedes acudir para recibir verdad y apoyo, no liberación: te acompaña y te mantiene honesto sin cargar la responsabilidad que te toca a ti.
Por eso no venimos a ser partidarios. Venimos a ser íntegros, inclusivos e integrales. Y queremos que el estudiante deje de ser daño colateral.
Yo, Gustavo Eladio Tavares, con 35 años, viendo los ojos de mis sobrinos —y si Dios me lo concede, los de mis futuros hijos— no puedo dejar que mi país continúe atrapado en un pleito. Porque aunque ellos quizás tengan la oportunidad de estudiar en colegios bilingües, más del 50% de los estudiantes de colegios bilingües reprueba matemáticas y redacción en el examen de admisión del INTEC. ¿A quién podré confiarle mis hijos?
El pleito no produce. Y no puedo permitir que pasen 35 años más y nuestra educación siga igual. Tendremos que unirnos.
Por esto quiero que te adueñes de esta propuesta. Ella responde al sondeo de la Comisión Ejecutiva para la Transformación Educativa del Decreto 309-26. Ya el Presidente Abinader nos lleva por buen camino. ¿Ajustes? Los necesitará. Proponlos. Claro que sí.
Ahora bien: vamos a unirnos en lo principal. Vamos a atender la queja de mi querido amigo, técnico en la educación, Julio Leonardo Valeirón:
«La educación dominicana no necesita otro plan. Tampoco necesita otra reforma. Mucho menos otra palabra grandilocuente. Lo que necesita es memoria, o por lo menos, recuperarla. Desde hace más de treinta años venimos cambiando el nombre de las soluciones sin resolver el mismo problema.»
Necesitamos crear una memoria colectiva.
¿Qué tan lejos miramos? Tenemos que recordar que fuimos capaces de liberarnos de una estructura faraónica y piramidal.
Vamos a proponer un sistema circular que nos une a todos. Vamos a hacer un sistema que aprende. En empresas como Amazon, a esto le llaman un flywheel de aprendizaje.
Un sistema que aprende es un sistema que recuerda. Un sistema que recuerda se adapta. Y solamente un sistema que se adapta puede mantenerse robusto y vivo ante el paso del tiempo. A esto le llaman ser anti-frágil.
Lo anti-frágil no solo sobrevive: se hace más fuerte ante cada reto, obstáculo o desafío.
Si algo es importante saber, es que la mejor versión de ti es la que mejora todos los días. Esa versión de ti es la que necesitamos. Y esto, en un sistema, será mañana y para siempre tu mejor versión. Dijo Moisés: «¿Tienes tú celos por mí? Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta.»
Aquí te vamos a enseñar el cómo. Hoy, aquí y ahora, se puede — porque la ley ya fue actualizada. Y hoy el Presidente nos une para renovar ese voto.
¿Cómo se llamará? MEDICINA para CRECER.
MEDICINA para CRECER nace de una tradición familiar — en particular, del profundo amor que le siento a mi abuelo, Gustavo Arturo Tavares Espaillat, fundador de APEC y de EDUCA. Esto es para honrarlo.
MEDICINA para CRECER se remonta sobre una base teológica universal — algo que conocemos todas las tradiciones cristianas:
«Perdona nuestras ofensas como nosotros también perdonamos a los que nos ofenden.»
Y MEDICINA para CRECER crea, además, conceptos totalmente innovadores, informados por nuestra experiencia en inversión, emprendimiento y educación. Ya vimos a Amazon. Vamos también a sacar conceptos de TUMO, de Alpha School, de Y Combinator — y de nuestros propios politécnicos y el INFOTEP.
¿Cómo voy a mostrarte esta propuesta?
Pues haciendo el ciclo de CRECER. Porque CRECER es, sobre todo, un meme poderoso. Engloba un universo en sus 6 letras.
Primero, la palabra significa algo positivo: llegar a ser más. Quien crece, madura. Y quien madura, aporta.
Segundo, CRECER es un acróstico. Ya veremos qué significa.
¿Y lo que más va a impactar tu vida de CRECER? Pues que es un método. Un método que, si lo pones en práctica, te hará más humilde, más prudente, más creativo — y te acercará a Dios. Es la mejor forma de contestar la pregunta: ¿cómo vamos a crecer hoy?
¿Y cómo empieza? CRECER empieza con compasión.
C — Compasión. Compasión es verdaderamente escuchar al prójimo hasta que entiendas no solo cuál es su problema, sino cómo lo hace sentir. Sin compasión y sin alma no hay crecer. Nosotros crecemos principalmente por nuestras relaciones. El afecto cura. El afecto ambiciona. El afecto lo puede todo.
R — Responsabilidades. Quien no asume una responsabilidad siempre será una víctima. El truco de CRECER es asumir la responsabilidad, teniendo uno la culpa o no.
E — Exploración. Hay pocas cosas nuevas en este mundo. Más que inventado, todo es reinventado — aplicado en nuevos contextos hasta que aporta. Hay que buscar. En nuestras memorias muchas veces encontramos respuestas.
C — Creación. Aun habiendo encontrado algo, siempre hay que adaptarlo. Toda situación requiere una innovación. Cada paciente es único. Aprende a ser un sastre.
E — Evaluación y Educación. De todas las siglas, esta es la que marca la diferencia. A esta altura quizás te hayas dado cuenta de que CRECER se parece al método científico — pero con un enfoque humano. El humano se distingue por su capacidad de auto-engaño, y por ser celoso con su información. En el CRECER nos comprometemos a reflexionar de manera exhaustiva y constante, siempre buscando crear el hábito de la excelencia. Y además, nos comprometemos a compartir lo aprendido con otros.
R — Regocijo. Lo que no termina en felicidad no vale la pena vivirlo. No hay que llorar: hasta las penas se pueden cantar. Una evaluación con observaciones es una oportunidad para CRECER verticalmente — profundizando hasta llegar al dominio de lo que buscábamos. Una evaluación positiva es una oportunidad para crecer horizontalmente — buscando nuevos horizontes donde aplicar nuestras capacidades creativas.

El secreto de la vida está en un constante CRECER.
Y hoy vamos a aplicarlo a nuestro sistema de educación.
De hecho, uno pudiera decir que Dios nos manda a eso. Las traducciones de hoy dicen:
«Sean fecundos, multiplíquense, y llenen la tierra.»
— Génesis 1:28 — Nueva Biblia de las Américas
En la Vulgata, la versión magistral del latín:
Crescite et multiplicamini.
— Génesis 1:28 — La Vulgata de Jerónimo
¿Estamos listos para CRECER?
Compasión
La compasión no es lástima. La compasión es ponerse en los zapatos del otro hasta entender por qué hizo lo que hizo.
Y si vamos en serio, hay que empezar por donde más cuesta: por la entidad que más se ataca en este país. El político.
Al político le cargamos todo: la escuela que no enseña, el maestro que no llega, la reforma que no cuajó. Es el villano perfecto — nadie pierde un aplauso atacándolo.
¿Que no te gustan los políticos? Cuidado con ese gusto: la anti-política es guerra. La política, a su más alto nivel, es diplomacia. A su más bajo nivel, es el conflicto que deja de usar palabras — y se encarna en violencia, muerte y destrucción. Quien desprecia la política no la elimina: la degrada.
Así que vamos a hacer exactamente lo contrario. Vamos a ver cómo el político trató a un técnico de la educación — y a preguntarnos, con honestidad, si realmente tenía otra opción.
El político y el técnico
El cuento me lo hizo el propio técnico, en una noche de celebración, entre picadera y tragos. Él había trabajado en la primera y renovada formación docente, tras el primer Plan Decenal y la entonces nueva Ley 66-97. Esa promoción se evaluó. Todos —ojo: todos— se quemaron. Aun así los mandaron al aula.
¿Por qué? Me lo dijo sin anestesia: «Eso es la política. Había que justificar la inversión. Y necesitábamos maestros — necesitábamos maestros en el aula.»
Ahí está el político, en su silla. Antes de condenarlo, siéntate en ella. ¿Qué veía? La escolaridad estaba en 70% y la Constitución le exigía llevarla a 90%. La pobreza rondaba el 50%.2 Y sobre el escritorio tenía tres puertas — las tres cobraban caro:
A. Enviarlos al aula tal cual. La cobertura sube. El costo, invisible entonces: una mentira fundacional que ninguna evaluación futura podría corregir.
B. Esperar y formar otra promoción. Se protege el estándar. El costo: años de aulas vacías, la primera promoción desmoralizada — ¿y de dónde saldrían mejores candidatos?
C. Traer maestros de fuera. Aulas cubiertas. El costo: negarle el empleo magisterial al dominicano en un país con la mitad de su gente en pobreza.
¿Podía él, realmente, tener otra opción? Antes de contestar, recuerda a quién le responde un político en democracia: al votante. Y el votante —sensatamente— vive en el aquí y el ahora. La madre que hace fila desde la madrugada no come veinte años de estrategia; su hijo necesita un aula el lunes. El plan perfecto a dos décadas es muy bonito, señor — siempre y cuando tú no te mueras de hambre.
Esa no es una perversión del sistema. Esa es la democracia siendo sensata con la gente que no puede esperar. El votante cobra en el presente; el político que no entrega hoy, mañana no es político. Así que las reglas de su mundo premiaban cobertura ya — y la consecuencia la pagaría un niño que no vota, dentro de veinte años.
El político no escogió entre el bien y el mal. Escuchó a su cliente. Y cualquiera en esa silla, con esas reglas y esos clientes, hubiese hecho lo mismo. Tú también. Yo también.
Eso es compasión: no absolver por lástima, sino entender por qué la silla produce esa decisión — una y otra vez, sin importar quién se siente en ella.
Y guarda esta pregunta, que la vamos a necesitar: ¿de verdad no había una cuarta puerta? La había. Pero para verla hacía falta algo que en los noventa no teníamos. Llegaremos a ella.
Entonces, la frase es falsa
«Aquí lo único que falta para que funcione la educación es que se cumpla la ley.»
— Comentarista de educación1
Por mucho tiempo yo estuve de acuerdo. Ya no. La ley se cumple — el pecado original ocurrió entero dentro del marco que fue planificado. Lo que falta no es cumplimiento. Faltan muchísimas otras cosas. Y para verlas, hay que seguir poniéndose zapatos ajenos.
Las demás víctimas — y los papeles que nos ponemos
La ley se cumple — y aun así, mira el reguero. Cada actor del pleito también quedó herido de verdad. El maestro más que nadie: pagó como alumno del sistema deficiente que lo formó, y paga como profesional al que le dieron un título sin la realidad detrás. El técnico ejecutó una decisión que no escogió — y cargó el secreto por treinta años. Eso es historia, y es real.
Pero ojo con la palabra «víctima». Ser víctima no es lo que te pasó — es el papel que te pones. Víctima, agresor y salvador: los tres papeles del drama nos los ponemos nosotros mismos, cada vez que abrimos la boca. Escucha las frases:
| Quién | Se hace víctima... | Se hace agresor... | Se hace salvador... |
|---|---|---|---|
| El maestro | «No me pagan suficiente.» | «Nos usan; nos quieren botar.» | «Sin mí, estos muchachos no tienen a nadie.» |
| El político | «No puedo cambiar las leyes.» | «Los maestros no quieren trabajar.» | «Esta reforma lo resuelve todo.» |
| El empresario | «La gente es complicada.» | «El gobierno no sirve.» | «Miren mi gestión con el dinero.» |
¿Te ves en alguna casilla? Yo me veo en varias. Y aquí está lo que hay que entender: por qué es tan difícil soltar el papel. Porque cada papel paga un salario. La víctima cobra simpatía sin correr riesgo. El agresor cobra la razón sin cargar responsabilidad. El salvador cobra aplausos sin firmar compromisos. Los tres salarios son reales — y los tres son trampa, porque ninguno produce nada para el niño.
Del empresario —mi sector— una regla que aprendí de mi abuelo, que cuando quiso ver la mejor educación del país tuvo que montarse en una yipeta y enlodarse hasta un batey (ya llegaremos a ese cuento): si no te has ensuciado los zapatos, todavía no tienes opinión.
Tenemos que empezar a conocernos para ver dónde es que fallamos. Porque somos débiles de espíritu — todos. Por eso rezamos «perdona nuestras ofensas como nosotros también perdonamos»: porque todos hemos sido, en algún pleito, víctima, villano y pseudohéroe la misma semana. De ahí nuestro axioma: el Perdón es la base de la Productividad. El juicio nos deja fijos en el drama, repartiendo culpas. El perdón nos suelta las manos para trabajar.
Y aquí está la noticia grande: hoy tenemos una oportunidad que casi ningún país recibe. La ley ya fue actualizada. El Decreto 309-26 nos convoca a todos. Y la compasión nos acaba de entregar el punto de partida: el político queda absuelto. El técnico queda absuelto. El maestro queda absuelto. El empresario queda absuelto. Cuenta nueva. Pocas veces se alinean las tres: todos absueltos, todos convocados, y las reglas sobre la mesa.
Una advertencia antes de seguir. En educación, nuestras debilidades pesan más que en ningún otro campo, por dos palabras: moral hazard — riesgo moral. Todo lo decidimos por otro. El que decide no paga; el que paga no decide.
Y aquí hay que dejar de hablar en abstracto. Míralo a él.
Ese «otro» tiene siete años. Está sentado ahora mismo en un aula caliente, copiando de la pizarra palabras que no sabe leer. No sabe lo que es un currículo, ni un concurso de oposición, ni un decreto. No sabe que le tocó el maestro que se quemó. No sabe lo que le falta — y no lo sabrá hasta dentro de veinte años, cuando un examen de admisión o una entrevista de trabajo le cobre, de golpe, la factura completa.
Todos los adultos de este cuento estamos afectados — y todos tenemos con qué defendernos. El político paga en las urnas, pero tiene micrófono. El maestro paga dos veces, pero tiene sindicato. El empresario recibe la laguna, pero tiene voz y tiene salida. El país entero pagó con la mitad de su gente en pobreza — pero marcha, protesta y vota. ¿Y él?

Él no tiene sindicato, ni micrófono, ni voto, ni salida. Su dolor no suena hoy: suena en veinte años, cuando ya nadie puede corregirlo. Por eso hay que elevar el dolor del niño al dolor de nosotros. Si su factura no nos duele hoy, la firmaremos otra vez — como en los noventa. Por eso aquí la mentira sale más barata que en ningún otro lugar. Y por eso el diseño tiene que ser mejor que nosotros.
El perdón borra la culpa — no borra la responsabilidad. Y para atender nuestras responsabilidades hay que soltar los papeles e irse a los hechos — empezando con un conocimiento de política. La rueda gira: Responsabilidades.
Responsabilidades
Si nadie es culpable, ¿entonces qué? Entonces, las reglas. Pero para escribir buenas reglas hay que entender primero cómo se comporta el poder. Empecemos ahí: con un conocimiento de política.

1. Un conocimiento de política
Hay un politólogo que dedicó su vida a estudiar por qué los que mandan hacen lo que hacen: Bruce Bueno de Mesquita.13 Su hallazgo es incómodo y liberador a la vez: la política no la explican los buenos y los malos; la explican las reglas de supervivencia. Todo el que tiene poder —presidente, ministro, dirigente gremial, rector— hace primero lo que lo mantiene en el poder. Si su permanencia depende de pocos, paga con privilegios. Si depende de muchos, paga con resultados.
Esto formaliza lo que la compasión ya nos enseñó con el político y el técnico: el problema nunca fue el hombre. No cambies al hombre. Cambia las reglas que lo premian. Esperar al ángel que se sacrifique no es una política pública; es una lotería.
¿Y qué pasa cuando las reglas premian lo incorrecto por mucho tiempo? Pasa lo que le pasa a toda institución habitada por débiles de espíritu. Le llaman captura: cuando una institución creada para servir a todos termina sirviendo a quienes viven de ella. No requiere villanos ni conspiración. Solo tres ingredientes: un presupuesto gordo y estable, un árbitro débil, y tiempo. Como dice el refrán: el que parte y reparte se queda con la mejor parte.
Se ve en instituciones de todo tipo. En el deporte: el árbitro al que le paga el equipo local — no hace falta que sea corrupto; basta con que su contrato dependa del que le grita desde el banco, y ya nadie confía en el pito. En la aviación: la FAA fue delegando la certificación de los aviones en el propio fabricante; Boeing se evaluaba a sí misma, y el resultado fue el 737 MAX — dos aviones caídos y 346 vidas.14 En las finanzas: las calificadoras de Wall Street cobraban de los mismos bancos que calificaban, y sostuvieron el sello AAA hasta el mismísimo día del derrumbe de 2008.14 Y en nuestra educación: la Ordenanza 02-2008 creó Juntas de centro con padres — en el papel; sillas dormidas que la mayoría de los padres ni sabía que existían.7
El patrón es idéntico en el estadio, en el cielo, en Wall Street y en el aula. En dominicano se dice en tres palabras: juez y parte. Y donde el juez es parte, el que no juega es el que paga.
¿Y cómo se ve nuestra versión cuando la dibujas? Dibuja la Ley 66-97 con sus reglamentos, y te sale esto:

El poder baja. La consecuencia se queda abajo. El que opera se evalúa a sí mismo — juez y parte, otra vez; la misma receta de Boeing y de las calificadoras. Y abajo del todo está exactamente el que no tiene voz. Nadie la diseñó para esto. Pero así está diseñada. Guarda este dibujo: más adelante te enseño su antídoto.
Con este conocimiento en mano, nuestras responsabilidades son tres. Cada una cabe en una línea: reconocer la dinámica del riesgo moral; escribir el estándar en la ley — no en reglamentos; y darle el poder al doliente — las familias. Vamos una por una.
2. Reconocer la dinámica: decidimos por otro
En educación, todo lo decidimos por otra persona. El doliente real —el estudiante— no tiene voz, ni voto, ni conciencia de lo que le falta. Cada decisión educativa es un préstamo que otro paga. Ese es el riesgo moral en su forma más pura: unos deciden, otros cargan la consecuencia. Los que aprobaron a aquella promoción no pagaron nada. El estudiante lo pagó todo.
Y la dinámica corrompe hasta la medición. Cuando una medida se vuelve meta, deja de ser buena medida — lo advierten Goodhart y Campbell.3 Cumplimos la forma —el título, la promoción, el acto— y perdimos la sustancia. Un sistema donde nadie paga por mentir y todos cobran por aparentar no necesita gente mala para fracasar: fracasa solo.
Reconocer la dinámica es la primera responsabilidad porque las otras dos se derivan de ella: si el que decide no paga, entonces el estándar no puede vivir en manos del que decide — y el que paga necesita poder.
3. Escribir el estándar en la ley — no en reglamentos
La Ley 66-97 delegó sus dientes a reglamentos. Y lo que se da por reglamento, por reglamento se quita. Por ahí entró la captura: la evaluación existía en el papel, y nadie creía en ella ni podía ejecutarla.
Los estándares no pueden depender del ardor de un momento de esperanza. Ni siquiera de este. El mundo ya corrió el experimento en las dos direcciones:
Perú dejó los estándares a merced de la política. En 2024 su Congreso —alegando que «faltan maestros», nuestra misma escasez hecha argumento— devolvió al aula por ley a los docentes cesados por no aprobar la evaluación.4 El mismo pecado, con otra bandera.
Chile escribió los estándares, las mediciones y el árbitro en la ley misma —la Ley 20.529— y lleva década y media sosteniéndolos por encima de los gobiernos de turno.5 Dos instituciones independientes miden y fiscalizan, separadas del ministerio que provee. El principio es intuitivo: nadie puede ser juez y parte.
Nosotros no podemos ser Perú. Vamos a ser Chile — o mejor.
4. Darle el poder al doliente: las familias
Vuelve al niño del aula caliente: sin voz, sin voto, sin conciencia de lo que le falta. ¿Quién habla por el que no puede hablar? Esa pregunta no necesita un doctorado — cualquier abuela de este país la contesta en un segundo: el que le puso el nombre. Su padre. Su madre. El doliente más intuitivo del mundo no hay que inventarlo ni importarlo: ya duerme en la misma casa, ya hace la fila desde la madrugada, ya vende lo que haga falta para el uniforme. Lo único que nunca le hemos dado es el poder.
Y «mejor» ya está inventado: Holanda escribió el poder de las familias en su Constitución. En 1917.6 Porque por más instituciones que construyamos, ningún árbitro será tan fuerte como un padre. Ese vínculo es único y singular. El diseño completo son dos piezas: el estándar en la ley — y un doliente que lo vigile.
Esta es la parte más provocativa de mi propuesta. Enfocarse en los padres es casi abrir un ministerio de educación para los padres. No es fácil. Pero es lo que vemos en nuestras escuelas de más alta calidad — la Secundaria Babeque, entre otras. El cómo —la organización, la formación, el candado legal— es trabajo de Creación, y allá lo haremos. Aquí queda sembrado el principio.
La pregunta que queda abierta: la dignidad
Queda una palabra pendiente — y es la más grande de todas, porque es política de Estado. Nuestra Constitución se fundamenta en la dignidad humana; así lo dice su Artículo 5.12 Pero la dignidad no está definida en ninguna parte. Y donde la ley deja un vacío, cualquier grupo interesado lo explota.
Para definirla bien hay que saber de dónde venimos: de dónde salió cada actor de nuestro drama, y qué definiciones nos pueden sacar de él. La rueda gira: vamos a Explorar.
Exploración

Tenemos que explorar dos cosas:
1. ¿Qué pasó en Consuelo? ¿Qué vivió mi abuelo? ¿Por qué él no pudo lograr que la educación realmente cambiara la trayectoria del país? Nuestro crecimiento, claro está, no ha sido como el de Singapur.
2. Ya sabiendo que la dignidad no está definida en la Constitución — ¿cómo la deberíamos definir? Curiosamente, la dignidad sí es contextual. Y ese contexto depende de tu nivel material.
Y fíjate que las dos preguntas son una sola: para poder hablar de dignidad, primero hay que estudiar lo que pasó en Consuelo. Empezamos.
1. ¿Qué pasó en Consuelo? ¿Qué vivió mi abuelo?
Cuando Trujillo fue ajusticiado, Gustavo Arturo Tavares Espaillat se encontraba en Nueva York. Había prolongado sus «vacaciones», ya que el ambiente en Santo Domingo era inhóspito para una persona pensante.
La noticia del ajusticiamiento fue una alegría efímera. Lo amargo inició poco después: a su hermano se lo llevaron preso, bajo sospecha de haber asistido en el ajusticiamiento del jefe.
Mi abuelo —quien en ese momento pensó que lo único que le quedaba eran su educación y sus relaciones— se comunicó con George H. W. Bush para que EE. UU. interviniera y salvara a su hermano.
Su hermano no murió. Y al poco tiempo, Manuel Enrique Tavares Espaillat se encontró en el gobierno, como parte del Triunvirato. Para poder decirle «nunca más» a esa tiranía sufrida por 31 años, decidieron iniciar APEC — Acción Pro-Educación y Cultura. La educación era el método para crear «un mundo mejor».
Esto tenía dos aspectos. El primero era económico. En ese entonces APEC era lo que se llamaba un junior college. Yo lo pienso como un politécnico dando clases de secretariado, administración y contabilidad. Si piensas que una máquina de escribir es tecnología — pues allá se cursaba tecnología también. Era una oferta distinta a la de la USD —la Universidad de Santo Domingo, luego UASD—. Buscaba insertarte en el mercado de manera rápida y oportuna. No era para hacerte abogado o doctor.
El segundo era político y humano. Mi abuelo y su generación vivieron tiempos difíciles. Él se crió bajo el yugo de un dictador que canceló nuestros pasaportes, violó a nuestras hijas y mató a nuestros hermanos. Esas opciones eran inviables. No podía haber marcha atrás. Y también se debía evitar el mal del comunismo: esa mediocridad que produce un mundo uniforme, estéril y de constante escasez.
APEC sigue siendo un éxito hoy. A julio de 2026, sus memorias institucionales reportan cerca de 500,000 personas impactadas, más de 46,000 egresados de UNAPEC, más de 140,000 estudiantes financiados por FUNDAPEC y más de 160,000 egresados de CENAPEC. Eso es un tremendo legado.
¿Pero qué pasó, que mi abuelo se vio inconforme una vez más en 1988? ¿Por qué inició los esfuerzos para que un equipo fundara Acción para la Educación Básica — EDUCA?
Los estudiantes estaban llegando a APEC con menos y menos preparación. APEC se estaba transformando de junior college en escuela remedial — atendiendo lagunas que uno hubiese esperado fueran atendidas en el ciclo básico o en el bachiller. Esto era insostenible. APEC no podía bajar sus estándares. Tenía que elevar el país.
¿Qué hacer? Pues ir a orar, por supuesto. Dice Tomás de Aquino que aprendió más de su oración y contemplación que de cualquier libro o estudio.
En este caso se le presentó una Diosidencia. Estando en una actividad de la iglesia, el Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito —primer rector de la PUCMM— le dice: «Gustavo, tú deberías ir a Consuelo. Esas monjas están haciendo un milagro.»
Al día siguiente él se montó en una yipeta a enlodarse, ensuciarse y enchivarse entre hoyos. Estamos hablando de que mi abuelo estaba yendo a un batey.

Y es en ese lugar tan improbable que él ve una educación de tanta calidad que —de ellas poder tener más recursos— él hubiese preferido que sus hijos fueran estudiantes de esas monjas. El milagro tenía nombre: la escuela Divina Providencia, fundada en 1969 por misioneras canadienses que habían llegado al municipio en 1959 — y que hoy forma a más de 2,000 alumnos y a maestros de toda la región Este.
Sor Ana Nolan, Sor Susana Daly y Sor Leonor Gibb definían la educación con estas palabras:
«Educar es acompañar a una persona hasta que descubra sus talentos, su deseo existencial de superarlos, y desarrolle auto-suficiencia autodidacta. Una persona educada está lista para enfrentar los retos del mundo — y sabrá agradecerlos y disfrutarlos.»

Si solo todos definiéramos la educación así.
Así nació EDUCA — y vale la pena ver el acta de nacimiento, porque ahí está todo lo que este documento predica.19 Junio de 1988: retiro de APEC en Puerto Plata, de cara a sus 25 años. Mi abuelo llega con un documento bajo el brazo: «La Sociedad Dominicana está en Crisis». Los datos de entonces suenan conocidos: la inversión en educación por debajo del 1% del PIB — menos del 10% del presupuesto. El salario de un maestro de primaria, igual al de un trabajador doméstico. El magisterio sin prestigio y en huelga prolongada. Y los estudiantes llegando a la universidad con nivel de séptimo curso.
APEC respondió con aplausos — y con una comisión. Y mira quién se sentó en ella, entre mi abuelo, mi tío Juan Tomás, Jacqueline Malagón y otros nombres grandes: Sor Leonor. Consuelo no fue solo la inspiración de EDUCA — se sentó en la mesa fundadora. En menos de dos meses, un documento de pocas páginas se había convertido en un movimiento. Y recuerda esto, que lo vamos a necesitar: APEC apostaba a «un mundo mejor».
Lo que EDUCA logró — y lo que no
De hecho, lograr que todos entendiéramos la definición de las monjas era el proyecto. Quedó corto.
No fueron pocos los logros: el Plan Decenal de Educación, la participación en el movimiento por el 4%, el Seminario Aprendo, y décadas de propuestas e incidencia que afectaron positivamente a millones de dominicanos. ¿Mi favorita? Ayudar a erradicar la esclavitud a la cual 10,000 niños, niñas y adolescentes estaban sujetos: el programa «Educando para Combatir la Explotación Laboral Infantil en la República Dominicana», que EDUCA ejecutó junto con INTEC, DevTech Systems y otras organizaciones, financiado por el Departamento de Trabajo de los Estados Unidos.
Menciono esas organizaciones porque muestran que el espíritu de colaboración es vital para lograr grandes hazañas.
Pero, al parecer, no colaboramos con suficientes personas para lograr nuestras otras metas a nivel nacional. El plan de mercadeo se quedó en el awareness — en la conciencia. No llegó a convertirse en la masa crítica que haría de nuestro sistema uno superior.
Y por supuesto que no pudimos llegar ahí. Fue entonces que se cometió el pecado original. Entonces, en vez de llegar al punto de inflexión que nos despegaría hacia arriba, pasamos por un punto de inflexión que desvió nuestra trayectoria hacia abajo.
Consuelo: el cuento con moraleja
Y ahora vuelve conmigo a Consuelo. Porque aquí viene la parte que duele: el lugar que fue el catalizador del cambio — la inspiración de un movimiento que llegó hasta a definir la ley — ese mismo lugar fracasó. Y entender cómo fracasó vale más que cien diagnósticos.
El techo de la Casa de la Cultura
Y el fracaso tiene edificio: la Casa de la Cultura. Escucha cómo nació. Sor Ana, que tocaba el piano, formó el coro de la escuela — tan bueno, que el Club Rotario de Canadá los invitó de gira. Y de esa gira ella volvió con una espina: «Hemos ido a Canadá a dar lo mejor de nosotros — pero la comunidad no tiene un espacio donde escuchar a nuestros talentos.»
El CEA donó el terreno. El Premio Brugal Cree en su Gente de 1996 puso los primeros fondos. En 1997 arrancó la obra, con diseño del arquitecto Miguel Llodrá Haché — y el pueblo decía que las monjas estaban locas, por levantar «un monstruo de edificación así» en Consuelo. Se levantó poco a poco: rifas, actividades, donaciones, y una subvención del Estado.
Y funcionó. A medio construir, se volvió el escenario principal de la cultura de todo el Este. De ahí salió la Orquesta de Cámara de Consuelo — la de la famosa versión en violín de Compadre Pedro Juan. De ahí salieron maestros de música para todo el país. Un muchacho de la escuela de violín lo dijo mejor que cualquier informe: «Cuando me siento triste, solamente tengo que levantar el violín. Y si tengo un problema con mi mamá, con mi papá o con un amigo — el violín sabe suavizarlo.»
Y aquí está el mayor logro de Consuelo — y también su mayor caída. El logro: una alianza público-privada de verdad —iglesia, empresa, Estado y pueblo— levantó, entre rifas y premios, la obra cultural más importante del Este. ¿La caída? No fue el presupuesto. Fue no saber dar el paso de Líder a Institución.
Míralo con la escalera de la educación en la mano. Las monjas enseñaron casi todo: el saber, el saber ser, el saber hacer — y hasta el saber convivir: dominicano, cocolo y haitiano en armonía. Pero la quinta enseñanza no llegó a completarse: el saber gobernar. Sor Leonor nos enseñó a pescar — pero no llegamos a aprender a pescar juntos. Del convivir hay que crear gobernanza — para que el convivir permanezca, y sea algo que puedan heredar las generaciones. Porque la tendencia del humano es al olvido; y por ende, a la guerra. Enseñar a gobernar es llevar al humano a su plenitud: a su auto-gobierno.
Sin ese saber, todo lo demás se explica solo. Nadie presupuestó el mantenimiento. Nadie corrió el estudio de factibilidad. Faltaron los foros de la gobernanza: quién decide, quién vigila, quién paga, quién sigue cuando los fundadores ya no estén. Y cuando el techo presentó un inconveniente, no se reparó — se quitó; se dice que hasta los hierros se vendieron. Todo esto entre los mejores: las monjas, Brugal, mi abuelo y sus aliados, asesorados por gente de primera. Sin gobernanza de largo plazo, hasta el amor queda a la intemperie.

Cuando llegó el año flaco, no había plan para el año flaco. El drama hizo su entrada triunfal: «el gobierno nos cortó», «el banco no ayuda», «la gente no valora» — y se buscó al rescatador en un gobierno que no había puesto un peso en su construcción. Hoy la subvención apenas da para el mantenimiento y la limpieza; terminar la obra ronda los 16 millones de pesos — 700 mil para el techo. Sor Leonor fue a un banco a pedir un patrocinio: le dijeron que no. Al poco tiempo lo vio patrocinando un juego de pelota.18 Porque nadie fue educado para ser gobernador creador — tipo Sor Leonor. Y no debía ser una persona: debía ser un equipo completo. Cuando no hay creador, hay clientelismo y aprovechamiento. Y el vacío que dejó Sor Leonor no lo llenó otro creador: se retrocedió a la seguridad de ser víctima — el único seguro que siempre paga, porque tú mismo te encargas de permitir que te ganen.
Cuando el techo del Jet Set cayó, el rector del INTEC, Julio Sánchez Maríñez, dijo en plena graduación lo que nadie quería decir:
«No ha sido solo el techo. Nos han aplastado años de acumulación de prácticas de dejadez, de incumplimiento... Se desplomó un país de costumbres débiles. Se derrumbó la cultura del "eso aguanta". Se vino abajo el "a mí no me toca revisar eso"... Es el resultado de una enfermedad social: la cultura de lo provisional hecho eterno... El juicio no será solo al dueño, por supuesto. Será a todos nosotros. A los que firman sin ver. A los que cobran sin supervisar. A los que construyen sin ética. A los que callan por costumbre.»
— Julio Sánchez Maríñez, 70.ª Graduación del INTEC, 26 de abril de 2025 — leyendo, y haciendo suya, una reflexión de fuente anónima18
Con ese discurso sonando en mi cabeza, dejé estas preguntas en la pared de un taller en la propia Casa de la Cultura:
«¿La Casa de la Cultura fue terminada? ¿Quién la define: su gente o el techo? ¿Por qué quitamos el techo? ¿Por qué decimos que no fue terminada, si ya daba resultados?»
«¿Hay un vínculo entre el techo del Jet Set y el techo de la Casa de la Cultura? ¿Es nuestra culpa la decadencia? Y si no es nuestra culpa — ¿sigue siendo nuestra responsabilidad?»
«¿El dominicano desbarata todo? ¿Quiero yo ser dominicano? ¿Quiero yo redefinir lo que es ser dominicano?»
«¿Quién tengo que ser yo para que la Casa de la Cultura funcione?»
Y la respuesta a la primera pregunta ya existe — y es gloriosa. En la Casa dicen que «no se terminó». Sin embargo, cuenta conmigo: Leonardo Javalera. Tracey Casillas. Pedro Mitrell. Luis Guillén. Ana Arelis García. Charli Fermín. Entre otros tantos más. Todos formados en esa casa «sin terminar» — y todos hoy en la Sinfónica Nacional de la República Dominicana.
Déjame ponerle números al milagro: la Sinfónica tiene setenta y tantos músicos. Un batey de Consuelo — una escuela de violín sin techo — puso alrededor del 10%. La capital entera, con sus conservatorios y sus academias, compite con una casa a la intemperie... y la casa se hace sentir. Eso no es una anécdota. Es la prueba de que la fábrica funciona — aun con el techo vendido.
¿Quién define a la Casa — su gente o su techo? El techo es lo provisional. La gente es lo eterno. Lo que le faltó nunca fue cultura, ni talento, ni resultados. Le faltó una gobernanza que sobreviviera al gobierno de turno.
Y de paso, cambiemos la actitud con la que miramos la obra. No es «hay que terminarla». Es «acabada — y seguimos trabajando». Así se mira un proyecto de siempre. Así se mira un maizal. Así se mira un país.
De aquí sale el principio que gobierna toda esta propuesta: hay que pasar de Líder a Institución. Siempre es una persona — las monjas lo prueban. Pero una persona no termina su obra hasta que la traspasa a otra. El éxito está en la eternidad, y se mide con una sola pregunta: ¿quién te sigue? En inglés yo lo digo así: success is succession.
La lección la dio otro Premio Nobel, Douglass North: las instituciones son las reglas del juego; las organizaciones, los jugadores. El desempeño de un pueblo en el largo plazo no lo determinan sus héroes — lo determina su gobernanza.17 Ni el amor de las monjas, ni la lucha del sindicato, ni la filantropía del empresario sostienen un techo por sí solos. Lo sostienen las reglas que siguen funcionando cuando los fundadores ya no están.
Ahí está la lección completa de Consuelo: organizarse para exigir es un músculo; sostener una institución es otro. La lucha conquista. La formación sostiene. Y la gobernanza permite transmitir el legado: que alguien lo herede. Por eso esta propuesta insiste tanto en dónde viven las reglas: en la ley — no en el ardor.
La carencia: la otra mitad del cuento
La otra mitad del cuento cabe en pocas líneas. Mientras el ingenio vivía, el pleito tenía otro teatro — y el aula vivía protegida. Cuando el ingenio murió, la nómina de la educación se volvió la única salida de la pobreza: la plaza se hizo parte del bizcocho, y el aula heredó el pleito. Esa actitud entró a la ADP — la Asociación Dominicana de Profesores — y desde la posición de víctima se dejó de crear bienestar. ¿El resultado? Consuelo ya no es aquel municipio donde todos pasaban las Pruebas Nacionales en primera convocatoria. Hoy reprueba — una y otra vez. Se intentó frenar con Fe y Alegría en la escuela Astin Jacobo — colapsó también.
Y la propia Sor Leonor también salió de Consuelo — ya anciana, y en la mayor caída de su obra. Se fue confiada. Y fue ahí, pasados los 70 años, que se dio cuenta de lo que había faltado: nadie había planificado esa formación de la gobernanza como lo que es — un plan de carrera a largo plazo. La quinta enseñanza no se improvisa a la salida. Se siembra desde la entrada.
Podríamos quedarnos con que el colapso fue por esa labor sindical. Pero como ya vimos con la Casa —donde estaba todo a favor para marcar la diferencia desde el sector privado— el problema es más hondo: el sector privado no se ve a sí mismo como el sector catalizador, y el gobierno se ve como el fin del todo. No debe ser así. El trabajo del gobierno no es hacerlo todo. Es fomentar las condiciones para que nosotros, la sociedad civil, podamos construir. Un «déjame construir» — y un «déjame seguir construyendo». Esa idea tiene una virtud que ningún bizcocho tiene: no se captura.
Del mismo pueblo salieron dos herencias, fíjate bien: la lucha y la formación. El himno del maestro pide las dos — «dos cosas son del maestro: la lucha y la formación». El drama está en que cada una anda sin la otra. La transformación está en juntarlas.
Y EDUCA también se desvió
Porque el síntoma no se quedó en Consuelo. Míralo en el propio EDUCA. Nació como Acción para la Educación Básica — acción por la educación. Hoy se llama Acción Empresarial por la Educación. Fíjate qué palabra se metió en el medio.
Poco a poco se fueron saliendo los expertos, hasta que la organización empezó a verse como lo que nunca quiso ser: una que vela por la educación de unos tantos... para tener suficientes empleados. EDUCA se desvió de su misión transformadora a una visión empleadora.
Y no hay nada más malo que usar a una persona. Usar a un ser humano. El empleo debe ser un convenio de crecimiento mutuo — no una extracción del ser, que reduce a la persona a un recurso: aislado, fungible, transferible. Ahí también hubo una deshumanización — por falta de una gobernanza con memoria. Recuerda: APEC apostaba a «un mundo mejor». No a un mundo con vacantes llenas.


Mi abuelo, antes de morir, repetía una sola instrucción: no importa lo que estudies — aprende liderazgo. Hoy la entiendo completa. Liderazgo es la quinta enseñanza: el saber gobernar. Y el liderazgo no termina en ti — termina en el que te sigue. Con esa memoria en la mano, vamos a las definiciones.

2. ¿Qué es la dignidad? ¿Cómo la deberíamos definir?
La educación ya la definieron las monjas de Consuelo. Esa definición la adoptamos completa.
Falta la dignidad. ¿Es un nivel — algo material que se garantiza? ¿O un movimiento — un flujo de acción que se vive?
¡Qué tal si es ambos! La dignidad tiene un piso material. Y pasado ese piso, se convierte en movimiento.
Sor Leonor Gibb —quien trabajó de cara a la pobreza extrema del batey y lo elevó al lugar que hoy llaman «La Cuna de la Educación»— lo dijo mejor:
«Ayudamos a las personas cuando les revelamos sus propios talentos y su propio deseo de mejorar. Acompañarlos con entusiasmo hace más bien que regalar dinero o cosas.»8
Pasado lo material suficiente, dar más cosas es echarle el jabón al sancocho.
Y mira cómo esto explica lo que acabamos de vivir en Consuelo. Ahí el pueblo vio su dignidad en lo material — en el techo. No aprendió a verla en su actitud. No aprendió a verla en ese cambio. Y por ende, se quedó esperando el dao. Y el dao da duro — porque el dao, eventualmente, te lo tumba todo... hasta que tengas que mendigar de nuevo. La dignidad es ese cambio de actitud: al quiero, al puedo, al soy capaz.
Porque la dignificación completa es esa: educar hasta el auto-gobierno. Hasta que la persona llegue a su Dios por sus propios criterios — no porque se lo impusieron. Y las monjas la vivían en las dos direcciones. Cuando yo visité a Sor Leonor, ella me despidió con una frase que uno no espera de una monja: «Ojalá puedas hacer mucho dinero.» Ella no era ajena a lo material — hasta intentó abrir una empresa, una zona franca, allá en el pueblo. Es que ella siempre pudo ver la dualidad de la dignidad: el piso y el movimiento. El pan y el propósito. La técnica y el alma.
¿Y qué es ese movimiento, en sencillo? En Campamento Baiguate lo he visto sin teoría: dignidad es darle al estudiante la sensación de que quiere, de que puede y de que es capaz.
Ya tenemos el diagnóstico, la historia y las definiciones. La rueda gira: es hora de Crear.
Creación
Un aula que no aspira a cambiar el mundo es un aula en la que no vale la pena estar.
Y esta aula definitivamente tiene que cambiar el mundo. Empezando por un dato que duele dos veces:

Ya nadie cree en la educación como el vehículo para resolver los problemas. La ponemos en séptimo lugar — detrás de la luz. Y mientras tanto:

Ese es el retrato completo: estamos entre los últimos del mundo en aprendizaje — y no nos duele donde está la herida. El alto costo de la vida, la delincuencia, la falta de empleo: eso es educación, diez años después. La enfermedad no duele donde está. Por eso esta propuesta se llama MEDICINA.
Y fíjate lo que ese 7.8% realmente significa. Si la educación no se ve como la salida de los problemas, entonces lo principal que hay que cambiar no es un currículo — es esa actitud. Empezar a ver la verdad. La tendencia del ser humano es no querer verla: duele menos mirar la luz, la delincuencia y el costo de la vida, que mirar la raíz. Esa es la principal creación de esta propuesta: un país que se atreve a ver la verdad. Guarda esta frase — en Evaluación volvemos a ella, porque ahí vive el eslabón débil.
¿Lo bueno? Que sí podemos ver lo que está bien. Vamos a empezar por donde la gente sí está entusiasmada con la educación: por el INFOTEP y los politécnicos. Ahí hay fila. Nadie hace fila por gusto: la fila es información.
¿Qué tiene esa oferta que no tiene el resto? Dos promesas que todo el sistema debe hacer suyas:
1. Que te dé la competencia técnica. La utilidad a edad oportuna regala autonomía económica a quien más la necesita. Por eso el INFOTEP y los politécnicos tienen fila.
2. Que te lleve a emprender. El conocimiento ya llega en milisegundos vía ChatGPT. Lo que falta es el proceso — porque emprender es un proceso: Lean, Agile, Scrum; los OKR para apuntar, los KPI para medir. Hipótesis, meta, iteración. Y todos comparten el mismo corazón: la etapa de evaluación. ¿Logramos lo que queríamos lograr? Ahí el estudiante aprende a ver la verdad de lo que construyó. Mejor que esa evaluación la haga uno mismo —temprano y con método— a que la haga el mercado. El mercado también evalúa. Pero sin apelación.
Imagínate la secundaria con actitud de inversionista, como un Y Combinator: yo quisiera una AFI que invierta en los emprendimientos de nuestros estudiantes. Aunque quizás lo mejor es caer en cuenta de que el Estado ya es socio — al 27%.10 Si ya cobra como socio, que invierta como socio.
Y a nivel de leyes, ¿qué hacemos?
En Responsabilidades te pedí que guardaras un dibujo: la pirámide. La ley de hoy. Aquí está su antídoto — la ley que pedimos:

Del dios-faraón al sol. La pirámide concentra y aplasta; el sol irradia y se retira. El ministerio deja de ser dueño de las escuelas y se convierte en su formador: les da luz, las hace CRECER, y las suelta. Un órgano independiente —fuera de la pirámide, como en Chile— mide y adjudica: se acabó el juez y parte. Y cada escuela se convierte en un círculo con su propio doliente en el centro.
¿Y quién está en el centro de cada círculo? Mira lo que pasa cuando te acercas:

El país forma a las escuelas. La escuela empodera al director. El aula forma al estudiante. Y el estudiante educa al prójimo — que vuelve a empezar. Es el mismo dibujo en todas las escalas. Esa es la definición de las monjas de Consuelo convertida en arquitectura: acompañar a cada quien hasta la auto-suficiencia autodidacta. Todo el mundo a CRECER. O como lo aprendimos frente al techo de la Casa de la Cultura: success is succession — cada escala del dibujo existe para traspasarle el poder a la siguiente.
PA-GANA: la APMAE con dientes
¿Y quién es, con nombre y apellido, el doliente en el centro de cada círculo? Ya lo conocemos en papel: la APMAE — la Asociación de Padres, Madres y Amigos de la Escuela. Existe en cada centro del país... como existían las Juntas de la Ordenanza 02-2008: sillas dormidas. Vamos a crearla de nuevo — esta vez con dientes:
PA-GANA — Padres Aliados para la Gobernanza y el Aprendizaje de Niños y Adolescentes.
Cada palabra trabaja. Padres Aliados deja claro quiénes integran la organización. Gobernanza comunica participación en decisiones, seguimiento y rendición de cuentas. Aprendizaje mantiene el vínculo directo con la misión de la escuela. Niños y Adolescentes incluye a toda la población estudiantil. Y el nombre completo dice la verdad más importante del diseño: cuando las familias participan, la escuela gana — y el estudiantado gana.
¿Y con qué se le ponen los dientes? Con las dos piezas que dejamos sembradas en Responsabilidades: formación y autoridad. Holanda enseña la autoridad: el financiamiento sigue al niño, los padres tienen asiento legal en el consejo de cada escuela, y sus quejas alimentan formalmente al inspector.6 Y los experimentos enseñan la mezcla exacta — India, Kenia, Nueva Zelanda: autoridad sin formación fracasa; información sin autoridad duerme; formación con autoridad funciona.7 El mapa completo cabe en una matriz — Formación × Autoridad — y cada casilla ya fue vivida por alguien:

PA-GANA vive en la casilla ganadora: sabe y puede — y el candado legal impide que se lo quiten. Los padres necesitan las dos cosas: la habilidad escrita en la ley —ver, comparar, convocar, decidir— y la formación para ejercerla. Empecemos un plan META 2100 donde esa habilidad quede sembrada — y se siga sembrando — para los próximos cien años, no para este gobierno.
Y ojo con leer a Kenia como pastilla mágica. Si 90 minutos de formación lograron una mejora grande, imagínate lo que puede pasar con un acompañamiento continuo, supervisado por varios sectores, construyendo sociedad civil durante 10–15 años. Eso sí tendría impacto. Los 90 minutos son el piso — no la receta. La receta es el cultivo.
Ahora, una advertencia para los que se sienten en PA-GANA — y viene de un general. Stanley McChrystal tuvo que reinventar la fuerza de tareas más poderosa del mundo, y lo aprendió a la mala:20
«El entorno en que todos operamos ahora —en cambio constante, absolutamente implacable— niega la satisfacción de todo arreglo permanente. La organización que armamos, los procesos que refinamos y las relaciones que forjamos no son más duraderas que el acondicionamiento físico que mantenía en forma a nuestros soldados: una organización debe ser liderada constantemente o, si es necesario, empujada cuesta arriba hacia lo que debe ser. Deja de empujar, y no es que sigue — ni siquiera se queda en su lugar: rueda hacia atrás.»
— Stanley McChrystal, Team of Teams (traducción libre)
Esto no se siembra una sola vez. Es un esfuerzo constante, sin parar — y es un esfuerzo donde el ministerio, el sector empresarial y las familias tienen que empujar juntos. La Casa de la Cultura rodó hacia atrás exactamente así: se dejó de empujar.
Y aquí me toca diferir — con todo el amor — de mi propio abuelo. En su documento de 1988, él escribió que la campaña debía llevar a «la convicción popular de que es responsabilidad del Estado (sociedad) garantizar a cada ciudadano una educación».19 Treinta y ocho años después, yo lo digo distinto: lo que hay es que mantener el Estado chico — para que siga getting out of the way. La responsabilidad de la sociedad civil no es entregarle el jardín al Estado: es deshierbar el Estado. Gobernar es deshierbar. El sol que pedimos no es un Estado que lo hace todo; es un Estado que da luz, arranca la mala hierba — y deja crecer.
¿Y el papel del sector privado en esta siembra? Dejar de ser solo empresarios — y volverse inversionistas. El inversionista de verdad se empodera empoderando; no se enriquece extrayendo. Esa es la genialidad de Y Combinator que quiero copiar completa: invierte, empodera — y suelta, apoyando desde la distancia. ¿Cómo se ve ese apoyo? Mentoría cuando se pide. Red cuando se necesita. Capital cuando se gana. Y nunca el timón. No dirige las empresas que financia. Igual que el sol. Igual que las monjas. Success is succession.
Las mesas MEDICINA: la evidencia, hecha dominicana
¿Y cómo aplicamos los hallazgos de Kenia, de Jaunpur, de Holanda — y los hacemos únicamente nuestros?
Con mesas MEDICINA. La receta keniata cabía en 90 minutos: formación breve + autoridad real. La nuestra es una mesa en cada centro donde PA-GANA, el director y los maestros hacen juntos el ciclo CRECER: ven el dato, comparan, convocan, deciden — y celebran. La formación de los padres es el remedio; la autoridad escrita en la ley es la dosis que impide que se lo quiten. La medicina no se predica: se toma. En mesas, centro por centro, hasta que el hábito quede sembrado — META 2100.
Porque hay que decirlo con todas sus letras: CRECER es para siempre. Esto no es siembra y vámonos. Es un cultivo — parecido al maíz — y en diferentes mesas lleva distintos ritmos: en tu vida, tu negocio o tu aula, se siembra a diario. En tu familia extendida, semanal. En los PA-GANA, mensual — o hasta bisemanal. Y como país, tendremos nuestro círculo de CRECER anual: esa es nuestra rendición de cuentas. Lo sembrado da fruto — y da semilla. Y la semilla no se guarda: se vuelve a sembrar.
Y una idea súper innovadora que la mesa pone sobre la mesa: ¿por qué los hombres no se hacen parte de la educación inicial y primaria? En nuestras aulas de primera infancia casi no hay varones. Un niño dominicano puede pasar sus primeros diez años sin ver a un hombre enseñar — y después nos preguntamos por qué enseñar «no es cosa de hombres». Hay que construir la rampa de entrada: el deporte y la música. De eso, más abajo.
Los tres actores salen del drama
Al principio del documento viste la teoría: los dos triángulos y sus seis papeles. Ahora mira el pleito con nombres y apellidos —y en movimiento. Los roles no son identidades. Describen cómo actúa cada institución en un momento; por eso el triángulo gira y quien hoy acusa mañana puede victimizarse o rescatar.

La salida no consiste en declarar quién es bueno y quién es malo. Consiste en cambiar el objeto del poder. En la configuración productiva de esta historia, el maestro deja de defenderse y se vuelve Creador; EDUCA deja de rescatar y actúa como Coach; el ministerio deja de mandar y acompaña como Amigo —con infraestructura, datos y reglas, pero sin volver a tomar el timón. Mañana los papeles pueden volver a moverse. Lo que no cambia es la regla: presencia, agencia y responsabilidad.
El prototipo: Bachata Baseball
Todo lo anterior podría quedarse en filosofía. Por eso lo vamos a encarnar en un prototipo que huele a pueblo: Bachata Baseball — primera infancia, en Consuelo. Donde empezó el sindicato, donde las monjas hicieron el milagro, donde el play es lo que quedó en pie. No hay mejor tierra para sembrar la reconciliación. Y que quede claro su estatus: Bachata Baseball es una propuesta adicional — un prototipo que camina por su cuenta, además de CRECER. CRECER es el método del sistema; Bachata Baseball, su primera encarnación voluntaria.

¿Por qué primera infancia? Porque ahí está el mejor negocio del país — y lo dice un Premio Nobel. James Heckman se pasó la vida midiendo el retorno de invertir en las personas, y su curva es contundente: mientras más temprano, más rinde. Los programas de calidad de 0 a 5 años rinden hasta un 13% anual por dólar invertido; el Perry Preschool, seguido por 40 años, entre 7 y 10% — más que la bolsa de valores. Y cada año adicional de escolaridad eleva el ingreso de una persona alrededor de un 10%, con los retornos sociales más altos en los niveles básicos.15 La primera infancia no es gasto social: es la mejor AFI del país. El Estado — que ya es socio — no encuentra en ninguna bolsa un rendimiento así.
¿Y por dónde se empieza esa dignificación? Por los dos lados de la curva: con los que están a punto de iniciar — y con los que casi no pueden más. Bachata Baseball invierte en las dos puntas a la vez. Porque la pregunta «¿quién enseña?» tiene una respuesta que nadie está viendo:
Del diamante (y del motor) al aula
En República Dominicana hay más de 600,000 jóvenes que ni estudian ni trabajan.16 El sistema les puso un nombre que suena a sentencia: ninis. Ahí están los peloteros que firmaron a los 16 y fueron soltados a los 20 — con disciplina de élite y cero papeles. Ahí están los motoconchistas que resuelven el país entero una carrera a la vez. Ahí están cientos de miles de hombres jóvenes a los que nadie les ha ofrecido una escalera.
Bachata Baseball les ofrecerá: un espacio de formación que los reintegra a la sociedad — enseñando. La plataforma es gratuita; la credencial se gana con seis módulos y una evaluación; la carrera tiene nombres de pelota: Novato, Titular, Capitán, Dirigente. El país donde ser maestro de primera infancia se celebra en un estadio es también el país donde el ex-prospecto, el motoconchista y el nini dejan de ser estadística — y se vuelven los hombres que nuestras aulas de inicial casi no tienen. El país recupera dos veces: el niño que aprende, y el joven que vuelve. Al nini le decimos: Novato.
Y la pedagogía puede pararse junto a lo mejor del mundo — algo tipo finlandés, tipo Waldorf, tipo Montessori — pero en clave dominicana: con música, y con el inicio de muchos números. El conteo, el ritmo, el box score: la pelota es matemática que se baila. Porque el béisbol te evalúa full — el terreno no miente. Pero también se aprende a jugarlo no solo para ganar: para disfrutarlo. Para compartirlo. Para celebrar a quien le vaya bien. Tenemos que aprender a ser la fanaticada de cada uno de nosotros.

La idea loca: educar es educar
Y aquí va mi idea más loca — y la propongo con todas sus letras: que Bachata Baseball una la educación inicial con la educación final. La educación como eje transversal de la educación misma.
Sube conmigo la escalera de Bloom — esa jerarquía del aprendizaje que va de recordar a entender, aplicar, analizar, evaluar y crear.21 ¿Y qué hay en la cima, más arriba de crear? Lo que los chinos escribieron hace más de dos mil años en el Libro de los Ritos: enseñar y aprender se hacen crecer mutuamente. No dominas algo hasta que lo puedes enseñar. Así que en Bachata Baseball, el estudiante de término enseña al de inicial. El liceo enseña al pre-primario. El novato enseña al que viene detrás. Educar es educar — y el nivel inicial es el nivel de rescate. Es el fractal, hecho pedagogía.
Y a veces no hace falta un aula terminada para que eso ocurra. Solo se necesita un piso. Aquí fue que yo formé —en ese piso— y aquí terminé formándome yo también.

Para nosotros, definir una política de educación es definir una política de Estado. Y aunque yo quisiera que mi país fuera como Suiza — esta propuesta pedagógica tiene que tener merengue, bachata y chicharrón. Tiene que ser auténtica. Tiene que ser auténticamente dominicana.
¿Por qué ser maestro? Lo que Consuelo me enseñó a mí
Educar es enseñar a vivir mejor. Educar no es matemáticas. No es ingeniería, ni lectoescritura, ni geometría, ni estadística. Educar es enseñar a vivir. La frase perdura por dos razones: porque es sencilla — y porque te habla del corazón.
Hace unos años fui a Consuelo sin ninguna misión educativa: fui a hacer un negocio. Y terminé sentado en la oficina del director del Politécnico Inmaculada Concepción, que me dijo: «Mira, Gustavo — este centro es uno de tres, en una plaza educativa que se llama igual que tú: Gustavo Tavares. Porque tu abuelo se llamaba igual que tú.» Primera cosa que aprendí en Consuelo.
La segunda me tomó más tiempo. En un pasillo de esa escuela, la señora Rydellin Ramos me dice: «En Consuelo no hay forma de que se dé una pasantía en informática.» «Yo te voy a ayudar», le dije. El viernes tenía a cuatro jóvenes mirándome con unos ojos enormes — y les enseñé absolutamente todo lo que creí que necesitaban... y ninguno entendió nada. Yo no sabía explicar nada. Ahí recibí el primer regalo de la educación: la humildad. Yo solo sé que no sé nada.
Pude rendirme. Decidí que no. Saqué de abajo — y de repente encontré palabras, formas y métodos que sí conectaban. Y no solo encontré algo grande en mí: lo encontré en ellos. Entre ellos, una niña llamada Taini, que me sorprendió con sus capacidades. Al ser humano, cuando le das la oportunidad, muchas veces te sorprende. Ese es el segundo regalo: la magnanimidad — creer que yo puedo aunque no sé, y que el otro puede aunque tampoco sabe. Esa confianza es el carácter que se necesita para lograr algo en un país como este — y es, de paso, el cimiento de la competitividad de una economía nacional.
Y cuando casi me rindo otra vez, fui donde doña Jacqueline — la misma Jacqueline Malagón de la mesa fundadora del 88 — pidiendo cacao. Ella abrió los brazos. Y no solo ella: todas las maestras y los maestros que se han ido sumando. Ese es el tercer regalo: la solidaridad. La educación te enseña que somos tantos los que queremos aportar — en las buenas y en las malas. Por eso: educar es vivir mejor.
Y mi abuelo, que le puso el nombre a esa plaza sin saber que me la estaba dejando a mí, lo dijo con las palabras de su generación:
«Cada uno, en la medida de sus posibilidades intelectuales y materiales, debe trabajar activamente por lograr que todas las personas, sin importar su condición social y económica, adquieran una educación básica que les permita desarrollar su potencial humano a plenitud. No hay mejor forma de expresar la caridad cristiana que educando a nuestros hermanos.»
— Gustavo Arturo Tavares Espaillat, mi abuelo
El primer año, en números gruesos
Lo esencial: un centro modelo sobre la norma INAIPI en Consuelo (~220 niños de 0 a 5, gratuito, jornada extendida, con ≥20% de educadores varones en pares). Una máquina de reclutamiento: 1,500 inscritos en la plataforma; 130 credencializados el año 1; 25 atletas becados «del diamante al aula». Y el Día Nacional en el estadio: los estadios profesionales están ociosos en verano, así que el último sábado de junio el Tetelo Vargas se llena de primera infancia — 500 niños que no compiten: crean. Los nuevos docentes juramentan en el home plate, con el país viendo que ser maestro se celebra donde se celebran los campeones. KPI del día: 2,000 inscripciones a la plataforma en las 72 horas siguientes.
Cada año, en el estadio, se revela el Box Score público: niños atendidos, asistencia, calidad medida por evaluación externa, docentes credencializados, % de hombres en el aula. Lo que se celebra se mide; lo que se mide y se publica, nadie lo desmonta. Y la secuencia política es deliberada: el Día BB año 1 se hace antes de pedir el decreto — se invita al poder a subirse a algo que ya camina. El poder adopta éxitos; rara vez adopta planos.
La salida salomónica: la cuarta puerta
En Compasión te dejé una pregunta guardada. Y antes de contestarla, recuerda el contexto completo: una promoción entera de maestros que se quemó, un país con la mitad de su gente en pobreza — y aulas que necesitaban maestros el lunes. ¿De verdad solo había tres puertas? No. Había una cuarta:
D. Enviarlos al aula con observaciones y acompañamiento. Entrada probatoria de varios años, exigidos y apoyados hasta el hábito de la excelencia. La cobertura sube y el estándar queda claro.
¿Y por qué nadie la vio? Porque la D no se puede ver sin la definición completa de la dignidad — y esa la acabamos de construir en Exploración: piso y movimiento. En los noventa escogimos solo el nivel: dimos el puesto —el piso, que sí hacía falta— y negamos el movimiento. Los aprobamos y los soltamos. Sin exigencia y sin apoyo.
Como dicen: no es lo mismo con guitarra que con violín. Con la guitarra de entonces —sin dignidad definida, sin árbitro independiente, sin doliente con poder— la D era un discurso bonito. Con el violín de hoy —dignidad definida, estándar en la ley, familias formadas y con autoridad— la D es una política ejecutable.
Y hay que decir la D completa: no es solo la puerta que no vimos en los noventa — es la puerta que ahora dejamos abierta a propósito. Porque ya lo sabemos desde la entrada: nuestra formación, al principio, no va a ser suficiente para los niveles mínimos que soñamos. Anticipémoslo. Diseñemos los acompañamientos antes de necesitarlos. Eso es exactamente lo contrario del pecado original: en vez de una mentira fundacional, una humildad fundacional.
Y cuenta con eso también en Bachata Baseball: muchos se van a quemar en el camino — el funnel lo dice sin pena: 1,500 entran, 130 llegan a la credencial. La diferencia es que ahora lo anticipamos. Al que se quema no se le bota: se le acompaña — y su historia también cuenta. Porque la meta país es una sola: que cada dominicano pueda decir quiero, puedo y soy capaz.
Y fíjate que la D también resuelve el problema del político — el del aquí y el ahora. No le pedimos santidad ni paciencia de estadista: le diseñamos reglas donde la puerta correcta también gana el presente. El Día BB le da el titular este año. El Box Score le da resultados que mostrar cada temporada. La juramentación en el home plate se celebra en esta gestión — no en la próxima. Cuando la buena política también paga hoy, el votante y el niño dejan de competir.
Y aquí aterriza el embrollo humano que dejamos pendiente en Responsabilidades: ¿qué hacemos con mis colegas maestros — que dependen de ese trabajo para su mínimo bienestar (ojo: no dije dignidad), y a quienes se les pide aceptar una evaluación que nació sobre una mentira?
Hoy completamos la definición — y se la ofrecemos primero a los maestros:
El piso se respeta: perdón y cuenta nueva. Nadie negocia su bienestar mínimo.
El movimiento se exige: entrada probatoria, permanencia ganada con el desempeño, y apoyo real de ambos lados.
La alternativa D, treinta años después. Hasta eso tiene evidencia experimental.7 Y no creas que el filtro tardío es historia antigua: Concurso de Oposición 2023 — 63,467 aspirantes, 45,746 fuera.11 Se quemaron, tituló la prensa. El mismo verbo, tres décadas después: el filtro sigue llegando a la salida, cuando ya es tarde. La D lo mueve hacia adentro — exigencia y apoyo durante el proceso, no un paredón al final. El perdón no es amnesia: es la única moneda que puede comprar el estándar. El Perdón es la base de la Productividad.
Ahora bien — vimos el aula que va a cambiar el mundo. Pero el cambio más importante empieza por ti. ¿Cómo va a cambiar tus actitudes?
Lo más grande que puede hacer esa aula es cambiar tu actitud hacia el servicio. Y aquí es bueno considerar el legado de John F. Kennedy — presidente, y de paso autor de mi libro favorito, Perfiles de Coraje: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país.»9
Al final del día, cambiar el mundo empieza por ti. Y para saber si de verdad estás cambiando —y no solo contándote un cuento bonito— la rueda gira hacia la estación que marca la diferencia: Evaluación y Educación.
Evaluación y Educación
Toda esta propuesta cuelga de una sola estación: la evaluación. Y la evaluación tiene un enemigo. No es la ADP, ni el MINERD, ni el presupuesto. Es uno que llevamos dentro, y hay que llamarlo por su nombre:
El razonamiento motivado: llegar primero a la conclusión — y reclutar después los argumentos como abogados defensores.
Yo le llamo empezar la casa por el techo — y jurar que así se construye. Y en este documento ya vimos lo que pasa con los techos.
El orden correcto es: examinar → argumentar → concluir. El razonamiento motivado invierte la fila: concluir → decorar con argumentos → defender hasta la muerte.
No es un invento moderno. Hace 2,500 años, en Atenas, los sofistas cobraban por enseñar exactamente eso: ganar el argumento — no encontrar la verdad. Protágoras presumía de hacer que el argumento más débil pareciera el más fuerte. Hoy la técnica es la misma; solo cambió la moneda. El sofista clásico cobraba en dracmas. El moderno cobra en aplausos, en likes, en el gusto —dulcísimo— de tener razón elegantemente. Y la versión más peligrosa es la más íntima: el auto-sofisma — sernos sofistas a nosotros mismos.
Y el peligro nunca ha sido mayor. Lo dijo el biólogo E. O. Wilson con una frase que debería estar tallada en la puerta de cada ministerio:22
«Tenemos emociones del Paleolítico, instituciones medievales y tecnología propia de un dios. Y eso es terriblemente peligroso.»
— E. O. Wilson
El razonamiento motivado, en un mundo de palos y piedras, costaba una discusión. En un mundo con tecnología de dioses, cuesta países enteros. Por eso la estación de evaluación ya no es opcional.
¿Ves por qué esto es la estación decisiva de cualquier reforma? Treinta años de planes, y cada plan llegó con su conclusión querida bajo el brazo. La evaluación existía — en el papel. El razonamiento motivado hizo el resto.
El antídoto es viejo y es gratis
Tiene 2,500 años y lo practicaba un señor que caminaba descalzo por Atenas haciendo preguntas incómodas. Tres costuras que revisar antes de defender cualquier posición:
1. ¿Qué evidencia me haría cambiar de opinión? Si la respuesta es «ninguna», no tengo un argumento: tengo una devoción.
2. ¿Mi dilema es real o es retórico? Todo «¿A o B?» merece la contrapregunta: ¿y por qué no D? Ya lo viste en el pecado original: parecían tres puertas — y existía la cuarta.
3. ¿Quién me está pagando? No en pesos: en aplausos, en la comodidad de no desdecirme. Conocer tu moneda no te hace corrupto; te hace honesto.
Los tres grandes intentos de la humanidad
¿Y no habrá inventado la humanidad un método que nos salve de nosotros mismos? Lo hemos intentado en serio, tres veces. Y en los tres intentos, el eslabón débil resultó ser el mismo.
El método científico parte de la premisa más honesta: asume que vas a hacer trampa. Hipótesis falsables, revisión por pares, replicación. Y aun así: crisis de replicación, p-hacking, estudios que solo se publican si confirman lo esperado. El científico motivado no viola el protocolo — lo cumple selectivamente. El razonamiento motivado no le teme a la bata blanca: se la pone.
El método del caso te sumerge: decide y defiéndete ante ochenta pares que concluyeron lo contrario. Un gimnasio de humildad epistémica — con una grieta elegante: el aula premia al que argumenta mejor, no al que ve mejor. Puede graduar analistas — o sofistas de lujo.
Agile, Scrum, Lean descubrieron algo enorme: acortar el ciclo. Chocar con la realidad cada dos semanas. Y aun así existe el agile de cartón: retrospectivas donde nadie dice nada incómodo, standup recitado como rosario sin fe. El ritual sobrevive; el examen muere.
Los tres métodos comparten anatomía: todos tienen una estación de evaluación — y todos se corrompen exactamente ahí. No en el diseño: en el humano que llegó con una conclusión querida bajo el brazo. Aristóteles lo dijo con una palabra: phronesis — debajo de todo método hay, inevitablemente, un carácter. El método sin virtud es un checklist para sofistas. La virtud sin método es buena intención sin tracción.
Conclusión, y es un teorema que duele: el eslabón débil siempre serás tú. El método puede vigilarte (ciencia), exponerte (caso), acortarte la cuerda (agile). Lo que ningún método ha logrado es quitarte las ganas de tener razón.
¿Recuerdas la principal creación que definimos — un país que se atreve a ver la verdad? Aquí está su enemigo íntimo. El 7.8% no es un dato de opinión pública: es el razonamiento motivado a escala nacional. Un país entero que llegó primero a la conclusión de que la herida está en otra parte — y recluta cada apagón, cada atraco y cada tarjeta de crédito como abogado defensor.
El quizás
Aquí entro en zona de máximo peligro, así que declaro el conflicto de interés: lo que sigue es una hipótesis sobre un método que es mío. Tengo todos los incentivos para creerla. Ustedes tienen todo el derecho a sospechar.
CRECER es un ciclo, como el sprint y el experimento — y como todos, cuelga de su evaluación. La diferencia —quizás, pero solo quizás— es que CRECER no trata la honestidad del evaluador como un supuesto externo: le pide al que evalúa algo que ningún manual de Scrum le pide. Compasión. Y la compasión no es decoración espiritual — es epistémicamente estructural, por dos vías:
Hacia adentro: el razonamiento motivado es defensa del ego — protejo mi conclusión porque estar equivocado me cuesta identidad. La compasión propia baja esas apuestas: si mi valor no depende de tener razón, puedo mirar la evidencia sin pestañear.
Hacia afuera: reconstruir la posición del que piensa distinto en su versión más fuerte —el principio de caridad— no es cortesía: es tecnología de la verdad. El que caricaturiza al adversario se queda sin acceso a lo que el adversario vio. (Por eso este documento empezó poniéndose en los zapatos del político — y no acusándolo.)

La ciencia asume que harás trampa y te pone policía. El agile asume que te dormirás y te pone despertador. CRECER intenta algo más ambicioso y por eso más frágil: disolver el motivo de la trampa — no blindar el método contra el eslabón débil, sino entrenar al eslabón.
Y como este documento predica que toda tesis debe declarar su condición de derrota, aquí va la mía: si una evaluación CRECER hecha «con compasión» detecta los mismos errores —o menos— que una retrospectiva de Scrum bien facilitada, mi quizás muere, y lo enterraré públicamente. Eso es medible, y pienso medirlo.
Y si en algún punto de esta propuesta me ves empezando la casa por el techo, hazme el favor más grande que un lector le puede hacer a un escritor: no respondas mi pregunta. Cuestiona mi pregunta.
El sofista perfecciona el argumento. El que crece se perfecciona a sí mismo.
Y esto es motivo de regocijo.
Regocijo (y Raíces)
Finalmente, CRECER termina donde todo empieza: en las raíces, en las relaciones y en el regocijo.
Una reforma sin raíces se vuelve moda. Una reforma con raíces se vuelve cultura.
Dice la Biblia:
«Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.»
— Éxodo 20:12
En el Nuevo Testamento, Pablo lo cita así:
«Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.»
— Efesios 6:2–3
Raíces no significa nostalgia. No significa quedarnos presos del pasado. No significa repetir los errores de quienes vinieron antes. Significa que vamos a empezar de nuevo. Que estamos a punto de empezar —otra vez— con la C de Compasión. La rueda no se detiene: vuelve a empezar.
Todo fin depende de su inicio — y qué mejor inicio y punto de partida que la compasión. Por nosotros como individuos, y por nosotros como comunidad.
Y ese inicio hay que institucionalizarlo. En el largo plazo, nuestra gobernanza está absolutamente determinada por nuestros niveles de educación.
Y por eso el sueño final no es un programa, ni un decreto — ni siquiera esta propuesta. Es CRECER como institución.
«Las instituciones son la herencia más grande que tenemos. Más que el dinero: son lo que permite que el amor y la cooperación continúen.»
— Yuval Noah Harari22
Eso es Regocijo con Raíces: un CRECER que ya no dependa de mí, ni de ti, ni de ningún fundador. Un CRECER que se hereda. La rueda, convertida en institución — la respuesta final a la pregunta de la Casa de la Cultura: ¿quién te sigue?
Me llena de entusiasmo contar con Rafael Santos Badía a la cabeza de este proyecto. Yo creo que él tiene la madera para llevar a cabo esta encomienda. De hecho, en una entrevista le preguntaron cómo quisiera ser recordado. Su respuesta fue tan maravillosa que la quiero adoptar para mí mismo:
«Espero que puedan decir de mí: no tuve una conquista que me conquistó, ni tuve una derrota que me derrotó.»
Sabemos que la perfección es imposible. Pero por suerte nuestras metas pueden estar claras — y podemos intentar la máxima aspiración de cualquier pecador: ser auténtico. Ser lo que somos. Simplemente — ser.

«Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito.»
«Las virtudes las adquirimos ejercitándolas primero, como ocurre también en las demás artes. Lo que hay que hacer después de haberlo aprendido, lo aprendemos haciéndolo: uno se hace constructor construyendo y citarista tocando la cítara; del mismo modo, nos hacemos justos practicando actos justos, moderados practicando actos moderados y valientes practicando actos valientes.»
— Aristóteles, Ética a Nicómaco
¿Cómo vamos a CRECER hoy?